bienvenidos

Bienvenidos aquellos que saben valorar una sonrisa. Bienvenido los que saben sobrellevar con humor los problemas. Los que saludan por la calle. Los que saben disfrutar de un rato de charla.
Bienvenido los que saben dialogar y respetar al contrario. Bienvenidos los que defienden sus pensamiento, sus deseos y sus locuras siendo tolerantes.
Bienvenidos los que saben reirse de si mismo y los que saben encontrar algo positivo en un mal momento. Los que disfrutan del mar y de la cervecita, de la compañía de los amigos y de la libertad de ser cada uno diferente pero iguales.
Bienvenido al fín, todo aquel que sepa aprovechar el don de la vida.

martes, 12 de julio de 2011

el hambre del estudiante

En mi época de estudiante había algunos alumnos o alumnas que realmente pasaban hambre. No un hambre como la que puede existir en África, o en cualquier otro lugar del mundo menos favorecido. Era un hambre más bien cotidiana, pequeñita, de aquella que se amortiguaba con un bote de tomate que duraba varios días envolviéndolo en una viena de pan. Yo he reconocer que gracias a mis padres a mi no me faltó de nada, pero si había otros compañeros a los que comprar un bote de óleo para las prácticas de la carrera le suponía llevarse toda la semana a base solo de espaguetis sin ningún condimento.


Era curiosa la reacción de una compañera que cuando le decías que la invitabas a un café, ella te respondía sin ningún pudor, que porque no le dabas mejor el dinero.

El otro día estuve comentando este asunto con una nueva amiga. Y me relataba como en aquella época prácticamente estaba en los huesos, aunque ahora mismo es una rolliza y voluminosa mujer. Esta vivía con otra amiga y con una perra cuya dueña era la primera. Me relataba como en una época en que prácticamente casi no comía, la solución se la dio su acompañante canino. Resulta que un día la perra apareció en su casa con una pizza casi entera. Evidentemente se la quitaron al animal y se la zamparon con mucha gula. Lo siguiente era descubrir donde el afortunado animal lograba cazar esas presas tan deliciosas. Resulta que lo conseguía del cubo de la basura de una pizzería cercana. Pues ya las desdichas compañeras tendrían plan y pan para los próximos días. Durante varias noches se dedicaban a través de una ventana a espiar a los clientes de la pizzería vecina. Alli acudían todo tipo de personas, parejas con pequeños, ancianos divertidos, y parejitas de enamorados. Estos últimos fueron los más rentables, pues entre tanto amor, tras un beso y otro, le dedicaban poco tiempo a digerir el añorado alimento, tanto, que la mayoría de las veces la pizza volvía casi intacta a la cocina del restauran, y por consiguiente más tarde al cubo de la basura de este que se encontraba en la acera. Solo tendrían que esperar unos expectantes momentos, para conseguir tan ansiada presa. Así las pobrecitas mías se llevaron varias semanas.

Un día apareció por su casa un antiguo amigo, el cual sin saber la expectación que provocaría, en las desnutridas muchachas, así, como a bocajarro les dijo que las invitaba a cenar y luego al cine. No se lo podían creer, como sin ser Navidad había desembarcado en sus vidas tan gentil rey mago. Al poco tiempo ya estaban en la calle, dispuestas, presumidamente arregladas para nutrirse con todo lo que fuera posible. Tras recorrer varias calles penetraron en un lugar cuyo extraña forma no recordaba lo más mínimo a un restaurante. Cual sería su sorpresa al comprobar que donde las había llevado su acompañante era un comedor social regentado por las hermanitas de los pobres. Ya llegado al sitio no pudieron negarse al manjar y de pronto se vieron devorando con ansia un grandioso bocadillo de mortadela, mientras el amigo les dictaba con un indisimulado orgullo, que incluso podrían repetir, como si él se fuera hacer cargo de la cuenta.

Tras esta sorprendente aventura, ahora les quedaba la otra más cinematográficas. ¿Qué recurso mas extraño había ideado el acompañante para poder invitarla al cine cuando ni siquiera tenía dinero para haberlo hecho para comer? No tardarían mucho en averiguar su plan. Al rato ya estaban cada una de ellas en las esquinas que bordeaban al sitio donde proyectaban la película. Extendiendo sus manos y suplicando a los transeúntes unas limosna donde no solo tendrían que conseguir el dinero suficiente para las entradas de ellas  sino además el importe necesario para comprarle otra al pilluelo de su amigo. Así cualquiera puede ser generoso

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